Lamborghini Miura P400: El Creador del Superdeportivo Moderno
En la inmensa, romántica y gloriosa historia de la civilización automotriz, existe un puñado extremadamente selecto de máquinas legendarias y atemporales que pueden reclamar legítima e innegablemente el codiciado título de haber alterado y cambiado fundamentalmente el rumbo, el curso y el paradigma de la industria del motor por completo y para siempre. Si se convocara hoy a un jurado mundial de expertos para dictaminar, con absoluta certeza, cuál fue el coche pionero que inventó y definió por sí mismo en solitario el término, la silueta y la categoría exacta del “Superdeportivo Moderno” tal y como lo conocemos, el veredicto general siempre apuntaría sin dudar a una misma, deslumbrante e inmaculada respuesta: el Lamborghini Miura P400.
Antes de la estruendosa llegada al mercado europeo de este sensual e incomprensible modelo italiano, los vehículos rápidos y exclusivos de la era dorada, como los hermosos Ferrari GT y los lujosos Aston Martin, adolecían de una arquitectura pesada, clásica y conservadora casi idéntica; todos y cada uno de ellos situaban invariablemente su voluminoso bloque de doce cilindros pesados en la enorme parte frontal, asombrosamente adelantada por delante de la calurosa cabina del conductor.
El legendario Miura P400 revolucionó y destrozó innegablemente para la eternidad este rígido esquema corporativo. Profundamente influenciados e inspirados por el diseño y la tecnología de los monoplazas de la Fórmula 1 y los prototipos de las carreras de resistencia (y en concreto, del revolucionario Ford GT40 que humilló a Ferrari en Le Mans), los tres jóvenes y asombrosamente talentosos ingenieros creadores de la firma italiana —Gian Paolo Dallara, Paolo Stanzani y el piloto probador Bob Wallace— idearon en secreto y en su escaso tiempo libre (pues Ferruccio Lamborghini no creía inicialmente en la viabilidad comercial de un coche tan radicalmente deportivo) un chasis rodante que alojara el inmenso motor V12 en posición central trasera. Cuando los tres rebeldes ingenieros finalmente presentaron el chasis rodante desnudo al gran jefe de la empresa, Ferruccio, a pesar de sus iniciales recelos y reticencias hacia las carreras, no pudo negar la inmensa genialidad mecánica del proyecto y aprobó inmediatamente su desarrollo comercial.
La Arquitectura Transversal: Un Reloj Suizo Italiano
Lo verdaderamente revolucionario, demencialmente brillante y audaz del modelo Miura P400 original y de su intrincado esqueleto interno tubular de acero no residía simplemente en tomar un pesado bloque motor y ponerlo en la espalda del piloto. Lo realmente innovador fue la inmensa y astuta configuración ultra-compacta empleada por Dallara para lograr encajar e introducir la gigantesca fuerza propulsora en el minúsculo y angosto espacio acotado entre los estrechos asientos del habitáculo y el eje de las ruedas traseras sin que la cola del vehículo se alargara desproporcionadamente.
Tomando una atrevida referencia de diseño directo inspirada en el genial esquema de empaquetado del diminuto utilitario británico Mini clásico diseñado por Alec Issigonis, los brillantes técnicos italianos decidieron astutamente que el inmenso y alargado motor V12 diseñado años antes por Giotto Bizzarrini debía ser montado y anclado en disposición puramente transversal (colocado de forma perpendicular y cruzada a lo ancho del eje longitudinal de la carrocería).
Para lograr ahorrar una grandísima porción milimétrica de preciosa longitud al ya de por sí corto vehículo, los ingenieros idearon una técnica que hoy parece una locura mecánica: decidieron fusionar y unir la pesada caja de velocidades manual de cinco marchas sincronizadas y el complejo diferencial trasero directamente dentro de un único e inmenso bloque de cárter de aluminio fundido. Esto obligaba ineludiblemente al complejo sistema motor y a la caja de transmisión a compartir de forma constante y continua el mismo suministro de aceite lubricante en un único sumidero (algo que, si bien ahorraba un espacio vital asombroso, resultó ser sumamente problemático, ya que causaba sobrecalentamiento y la contaminación cruzada del líquido debido a los inevitables restos de metal de los piñones de la caja flotando y siendo absorbidos hacia las sensibles camisas de los doce cilindros). A pesar de sus defectos, fue un sacrificio técnico absolutamente necesario y genial en pos de la compacidad absoluta y la centralización de masas.
El Impacto Estético y el Bautismo Taurino de la Leyenda
Pero este diseño mecánico interno, por más transgresor que fuese, habría fracasado comercialmente de no haber estado gloriosamente acompañado y cubierto en el exterior por una espectacular y fina carrocería metálica de perfil afilado que impactara y cortara de raíz la respiración del público general y de todos sus estirados y puristas rivales europeos.
La responsabilidad absoluta de trazar las perfectas, fluidas, femeninas y hermosas curvas orgánicas de este ruidoso chasis desnudo recayó, con innegable y providencial acierto histórico, sobre el jovencísimo diseñador estrella de la prestigiosa y afamada firma carrocera italiana Bertone: el mítico Marcello Gandini. Gandini, que en ese momento apenas llegaba a la treintena, concibió y dibujó sobre el papel un diseño increíblemente bajo, exótico y puramente orgánico que, visto de frente en un garaje, recordaba a las facciones de un animal salvaje en puro reposo. Destacaban especialmente sus faros delanteros retráctiles y basculantes de forma circular, que, al estar adornados sutilmente en sus bordes superior e inferior con unas curiosas aletas aerodinámicas estriadas y oscuras (originalmente diseñadas como “eyelashes” o pestañas de metal para disipar una pequeña porción del tremendo calor residual proveniente de los grandes radiadores frontales de agua), le otorgaron al frontal del vehículo una inconfundible y coqueta “mirada” femenina asombrosamente cautivadora, sensual e icónica en todo el globo.
Tanto el capó frontal, que integraba las inmensas aletas, como el inabarcable capó trasero que cubría celosamente el compartimento del motor, se abrían pivotando de forma dramática en sentidos opuestos, emulando la espectacular cinemática de las valvas o conchas de una almeja marina abierta (clamshells).
Fue exactamente en el glorioso y tenso instante previo a su bautismo internacional oficial cuando el vehículo adquirió por fin su nombre eterno, rudo y atronador. Para continuar y sellar herméticamente su apasionada y recién instaurada tradición taurina, Ferruccio Lamborghini seleccionó de manera personal, directa y con enorme orgullo el rotundo nombre de Miura. Este inconfundible y reverenciado apelativo honraba y veneraba de manera explícita y rotunda a la histórica, legendaria y temida ganadería española de toros bravos propiedad del famoso criador andaluz Don Eduardo Miura. Se cuenta que, al presentarle el espectacular deportivo terminado al propio ganadero Eduardo Miura en su inmensa finca sevillana, este quedó tan sobrecogido por la asombrosa majestuosidad física y la implacable fiereza mecánica de la máquina italiana que concedió gustosamente y sin dudarlo su expreso permiso para que la marca italiana usara de por vida el apellido de su familia en el brillante metal del coche.
Cifras Puras de Rendimiento P400
Para poner el escultural coche al exacto y elevado nivel de agresividad dinámica esperado en el segmento élite, el exquisito motor transversal central V12 de 3.9 litros fue alimentado voraz y abundantemente por nada menos que cuatro enormes baterías de ruidosos carburadores triples de tiro descendente Weber (específicamente el modelo Weber 40 IDL 3C) y afinado en los bancos de pruebas italianos sin ninguna clase de contemplaciones ni restricciones acústicas para extraer la inmensurable y contundente fuerza bruta de 350 Caballos de Vapor (CV) a unas sonoras, agudas y altísimas 7.000 revoluciones por minuto.
Las apabullantes prestaciones de vuelo balístico y empuje asfáltico arrojadas y validadas por la prensa para el inicial modelo P400 original aplastaron humillantemente a casi todo fiero rival contemporáneo matriculable que osara medirse con él en cualquier carretera pública general de la época:
- El brillante e indomable Miura se disparaba catapultándose desde el estatismo absoluto de 0 hasta superar holgadamente la barrera de los 100 kilómetros/hora en unos rápidos y crudos 6.7 seguros segundos.
- Empujando sostenidamente a fondo y desafiando su tendencia aerodinámica a levantar ligeramente el morro a altas velocidades debido al perfil de su tanque de combustible situado al frente, lograba alcanzar de forma oficial la mágica velocidad punta terminal de 276 kilómetros por hora (unas asombrosas 171 millas por hora), un hito que lo coronó instantánea, temporal e indiscutiblemente con el sagrado título mundial como el coche de estricta producción comercial en serie más rápido del planeta Tierra en su año de lanzamiento.
El inmenso, innegable e imborrable impacto sísmico del primer Miura P400 fue absoluto. Transformó de la noche a la mañana, inmediata y milagrosamente, a la joven empresa Automobili Lamborghini, elevándola de ser considerada un simple, modesto y molesto fabricante de cómodos, pesados y algo torpes grandes turismos (como el 350 GT o el posterior 400 GT) a erigirse con todo derecho y arrogancia como la indiscutible punta de lanza tecnológica del momento y en el rival automovilístico más temido, venerado y mundialmente envidiado de toda la orgullosa industria del motor italiana y europea, dejando a Enzo Ferrari perplejo y forzándolo a replantearse urgentemente toda la arquitectura clásica frontal de sus preciados deportivos V12 de cara a la exigente década de los años setenta.