De Tomaso

Pantera

De Tomaso Pantera: El Exitoso Híbrido Transatlántico

A principios de la efervescente década de 1970, el mercado de los vehículos de alto rendimiento estaba claramente polarizado. Tomar la decisión de comprar un superdeportivo italiano de motor central, como el revolucionario Lamborghini Miura o el delicado Ferrari Dino 246 GT, significaba que el adinerado cliente tenía que aceptar y firmar un contrato tácito con una dura realidad: estos vehículos eran máquinas espectacularmente hermosas, increíblemente rápidas para su época y dotadas de un pedigrí innegable, pero también eran infamemente temperamentales, frágiles y propensos a dejar tirado a su dueño en el arcén. Sus complejos motores V12 y V6, con sus múltiples carburadores dobles, requerían una afinación constante, meticulosa y económicamente ruinosa llevada a cabo exclusivamente por mecánicos italianos altamente especializados (a menudo apodados con sorna “hombres con batas blancas de laboratorio”).

Fue en este frustrante nicho de mercado donde Alejandro de Tomaso, un astuto, impetuoso y temperamental expiloto de carreras y hombre de negocios nacido en Argentina pero que operaba firmemente desde su base en Módena (Italia, el corazón del territorio Ferrari), vio una inmensa y lucrativa oportunidad de negocio. Su visión era tan pragmática como revolucionaria: quería construir un superdeportivo que poseyera absolutamente toda la estética deslumbrante (jaw-dropping), el drama visual y el chasis bajo de sus elitistas vecinos italianos, pero que estuviera impulsado por un motor tan robusto, simple y fiable que literalmente cualquier mecánico de pueblo en un concesionario local de Ford en Ohio pudiera arreglarlo con herramientas estándar y piezas baratas.

Esta audaz visión transatlántica se materializó de forma espectacular en 1971 con el lanzamiento del De Tomaso Pantera. Al lograr casar con éxito el exquisito arte de la carrocería (coachwork) italiana con la fuerza bruta, económica y fiable del “muscle” estadounidense, el Pantera no solo cumplió su objetivo, sino que se convirtió en uno de los superdeportivos más populares, accesibles, ruidosos y culturalmente significativos de toda la década de los 70, captando famosamente la atención (y más tarde, los disparos de revólver por pura frustración) del mismísimo “Rey del Rock”, Elvis Presley.

El Diseño: La Obra Maestra en Cuña de Tom Tjaarda

Para asegurarse de que el Pantera tuviera la presencia escénica y el drama visual necesarios para competir estéticamente en los salones del automóvil contra nombres como Ferrari, Maserati o Lamborghini, Alejandro de Tomaso contrató sabiamente los servicios de la legendaria y prestigiosa casa de diseño italiana Carrozzeria Ghia. En un giro irónico y poético del destino que encajaba perfectamente con la filosofía híbrida del coche, el diseño final fue trazado a lápiz por un talentoso diseñador nacido en Estados Unidos que trabajaba para Ghia en Turín: Tom Tjaarda.

El Pantera es el ejemplo por excelencia, la quintaesencia absoluta, de la era del diseño en “forma de cuña” (wedge design) de los años 70. Presenta un morro increíblemente bajo, afilado y agresivo equipado con faros escamoteables ocultos (pop-up headlights), un parabrisas rápida y fuertemente inclinado que fluye hacia un techo bajo, y una sección trasera abruptamente truncada. A diferencia de las curvas suaves, femeninas y delicadas que caracterizaban al Lamborghini Miura, el diseño del Pantera dictado por Tjaarda parecía mucho más masculino, ancho, musculoso y brutalmente resuelto. Parecía un depredador agazapado.

Desde el punto de vista de la ingeniería estructural, el Pantera también supuso un salto cuántico hacia adelante para la marca. A diferencia del modelo predecesor de De Tomaso, el hermoso pero dinámicamente peligroso Mangusta (que utilizaba un endeble chasis central de espina dorsal de acero que se retorcía bajo carga), el Pantera fue construido con sensatez en torno a un verdadero y moderno chasis monocasco de acero autoportante (steel monocoque). Esta fundamental decisión de diseño hizo que la carrocería del coche fuera significativamente más rígida a la torsión, lo que a su vez permitió a los ingenieros ajustar una geometría de suspensión trasera completamente independiente mucho más predecible, segura y capaz.

El Corazón de Detroit: El Robusto V8 Ford 351 Cleveland

Sin embargo, a pesar de su innegable atractivo italiano, la verdadera brillantez comercial y técnica del Pantera yacía oculta y ruidosa justo detrás de los asientos de los ocupantes. En lugar de arruinarse intentando diseñar, fundir y desarrollar desde cero su propio y complejo motor italiano de múltiples cilindros, De Tomaso forjó un histórico y astuto acuerdo comercial directo con la colosal Ford Motor Company estadounidense para que le suministraran sus motores en grandes cajas (crate engines).

El propulsor elegido para la tarea fue el legendario y ubicuo motor Ford V8 de 351 pulgadas cúbicas (5.8 litros) de la familia “Cleveland”.

Este bloque de motor, construido en pesado y denso hierro fundido (cast-iron) y utilizando un diseño simple de válvulas accionadas por varillas de empuje (pushrods), no era en absoluto una pieza de joyería mecánica exótica de altas revoluciones. Sin embargo, lo que le faltaba en sofisticación europea, lo compensaba con creces siendo increíblemente duradero, barato de fabricar y, sobre todo, capaz de producir una cantidad masiva de par motor (torque) desde muy bajas revoluciones. Respirando a pleno pulmón a través de un inmenso carburador Autolite de cuatro gargantas (four-barrel), los primeros motores enviados para la especificación europea (sin restricciones de emisiones) producían unos muy rotundos y fiables 330 caballos de vapor (CV) y unos demoledores 515 Nm (380 lb-ft) de par de torsión. (Cabe señalar que, trágicamente, los modelos posteriores destinados al mercado estadounidense se vieron severamente asfixiados y estrangulados por equipos anti-contaminación y relaciones de compresión más bajas, lo que hizo caer la potencia a unos modestos 266 CV).

Esta masiva ola de par del inmenso V8 americano significaba que, en la práctica, el Pantera era un coche inmensamente más fácil, relajado y dócil de conducir en el tráfico urbano denso (stop-and-go) que un temperamental Ferrari que requería embragues pesados y aceleraciones constantes para no calarse. Para transmitir esta furia al asfalto, el rudo motor Ford estaba inteligentemente acoplado a una muy respetada, costosa y ultrarresistente transmisión manual transaxle de 5 velocidades suministrada por el fabricante alemán ZF (curiosamente, exactamente el mismo modelo y proveedor de caja de cambios que Ford había utilizado con éxito en su todopoderoso Ford GT40 para ganar en Le Mans años antes).

Dado que el coche dependía de un simple motor Ford fabricado por millones, el mantenimiento regular rutinario (cambios de aceite, correas, bujías) era risiblemente barato y directo. Cualquier taller de barrio podía hacerlo. Además, debido a que el bloque 351 Cleveland era una auténtica institución y un elemento básico de las carreras de aceleración (drag racing) americanas, el potencial de ajuste (aftermarket tuning) era virtual y económicamente ilimitado. Los propietarios más entusiastas (hot rodders) podían fácilmente y por muy poco dinero modificar, rectificar y mejorar sus motores V8 con árboles de levas, culatas y carburadores Holley de mayor flujo para que produjeran sin esfuerzo más de 500 caballos de vapor, destrozando en línea recta a cualquier exótico italiano que costara el cuádruple sin tener que atracar un banco para pagar la factura del mecánico.

La Turbulenta Asociación con Ford y los Defectos de Juventud

La astuta asociación estratégica de Alejandro de Tomaso con Ford se extendió mucho más allá del simple suministro de pesados bloques de hierro. Henry Ford II (quien aún escocía por su fallido intento de comprar Ferrari) acordó importar oficialmente el Pantera a los Estados Unidos y, en un golpe maestro de marketing, venderlo y darle servicio a través de su ya existente, vasta y capilar red nacional de concesionarios Lincoln-Mercury.

Este movimiento comercial sin precedentes otorgó al Pantera un nivel de exposición publicitaria, distribución masiva y accesibilidad al cliente que era completamente inaudito para un automóvil deportivo exótico europeo de motor central. Con un precio de salida en el concesionario muy agresivo y competitivo, que rondaba apenas los 10.000 dólares en 1971 (lo que lo hacía significativamente, casi escandalosamente, más barato que un Ferrari Daytona o un Maserati Bora contemporáneo de rendimiento similar), el Pantera representaba una proposición de compra increíblemente tentadora para el entusiasta de clase media-alta.

Sin embargo, este cuento de hadas transatlántico pronto chocó frontalmente con la cruda realidad de la producción industrial. Ansioso por capitalizar la abrumadora demanda y los pedidos iniciales de Ford, De Tomaso luchó desesperadamente (y a menudo fracasó) por escalar el volumen de producción en Italia manteniendo los estándares de calidad. Como resultado directo, los primeros lotes de coches que desembarcaron en los puertos americanos sufrieron de graves y vergonzosos problemas crónicos de control de calidad.

Los vehículos estaban sistemáticamente plagados de severos problemas de sobrecalentamiento crónico cuando se atascaban en el tráfico urbano (debido a radiadores inadecuados mal ubicados), el sistema de aire acondicionado italiano era ruidoso y trágicamente ineficaz en el caluroso clima de California, la posición de conducción inclinada (ergonomía italiana de “brazos largos y piernas cortas”) era incómoda para los conductores estadounidenses más altos, y, peor aún, debido a una protección contra el óxido deficiente o inexistente en la fábrica, las primeras hermosas carrocerías de acero italiano eran increíblemente propensas a oxidarse agresivamente (rust) en cuestión de un par de años.

Quizás la anécdota más famosa e infame que encapsula perfectamente esta inicial y frustrante falta de fiabilidad electrónica italiana involucra a la estrella del rock, Elvis Presley. Según cuenta la leyenda y atestiguan los testigos, profundamente enfurecido, frustrado y colérico porque su Pantera amarillo brillante recién comprado se negó obstinadamente a arrancar debido a un fallo eléctrico en un día caluroso, el “Rey del Rock and Roll” sacó impulsivamente una pistola y, en un ataque de furia, le pegó un tiro directamente a la columna de dirección del coche y al suelo del vehículo (el automóvil en cuestión aún sobrevive hoy en día en un museo, exhibiendo orgullosamente los agujeros de bala originales).

Evolución Implacable: La Supervivencia y el Extremo GT5

Para el año 1974, la directiva corporativa de Ford en Dearborn se había cansado y agotado finalmente. Agobiados por las incesantes quejas de garantía por el pobre control de calidad inicial, golpeados fuertemente por la inminente Crisis del Petróleo que desplomó las ventas de motores V8 sedientos, y enfrentándose a la onerosa y fea tarea de tener que rediseñar el hermoso morro del coche para cumplir con las inminentes y estrictas regulaciones federales de seguridad de EE.UU. para parachoques, Ford rompió abruptamente el acuerdo comercial y cesó oficial y definitivamente la importación del Pantera al mercado norteamericano (su mercado más grande).

La mayoría de los fabricantes habrían cerrado las puertas tras perder a su principal cliente y distribuidor. Sin embargo, el obstinado Alejandro de Tomaso se negó rotundamente a dejar que su coche insignia muriera de forma prematura. Retomando el control total, continuó construyendo artesanalmente, vendiendo y, lo que es más importante, refinando mecánicamente y mejorando inmensamente la calidad de construcción del Pantera a un ritmo menor para los mercados europeos y del resto del mundo (Rest-of-World) durante casi dos décadas más.

A medida que la industria automotriz se adentraba en la década de 1980, los gustos de diseño de superdeportivos se volvieron mucho más salvajes, llamativos y excesivos. El Pantera evolucionó radicalmente su piel exterior para igualar y competir visualmente contra la escandalosa y extraterrestre estética aerodinámica del Lamborghini Countach LP500S. Las nuevas iteraciones, bautizadas como el Pantera GT5 y, posteriormente, el GT5-S, abandonaron las líneas puras de Tjaarda. Presentaban agresivos y masivos pasos de rueda (fenders) ensanchados remachados en fibra de vidrio diseñados específicamente para intentar cubrir e intentar albergar unos neumáticos traseros Pirelli P7 asombrosamente anchos. Además, lucían profundos faldones delanteros (air dams) tipo quitanieves, agresivos faldones laterales y, opcionalmente, colosales alerones traseros en forma de “ala delta” que anunciaban sus intenciones a gritos.

Hacia el final de su asombrosamente larga y resistente carrera de producción en el año 1992 (cuando el modelo ya era un dinosaurio venerable de otra era, bautizado como Pantera 90 Si), el coche se modernizó una última vez, abandonando el pesado bloque 351 para adoptar un motor Ford V8 más pequeño, moderno y manejable de 5.0 litros (302 pulgadas cúbicas) equipado finalmente con un fiable sistema de inyección electrónica de combustible (EFI) y culatas de aluminio.

La Conclusión: El Exótico de la Clase Obrera

A lo largo de su inusualmente larga e ininterrumpida carrera de producción de más de 20 años, la pequeña fábrica de De Tomaso construyó a mano y vendió más de 7.000 unidades del Pantera. Esta asombrosa cifra, lograda en gran parte gracias a los intensos años iniciales de ventas masivas a través de Ford Lincoln-Mercury en EE.UU., lo convierte estadística y comercialmente en uno de los automóviles deportivos exóticos de motor central más exitosos, populares y prolíficos de toda su era.

Hoy en día, en el selecto y a menudo esnob mercado de coches clásicos, el Pantera ocupa un lugar único, respetado y profundamente reverenciado en la cultura del motor. Está exento del estigma de la fragilidad. Es amado incondicionalmente por la afición mundial por su estética agresiva y afilada, por la experiencia de conducción visceral y masculina que requiere fuerza física, y sobre todo, por la inconfundible y atronadora banda sonora de su corazón V8 americano.

El Pantera probó de manera empírica, rotunda y para siempre que un verdadero e imponente superdeportivo capaz de girar cabezas no necesitaba en absoluto ser inherentemente frágil, complejo de mantener o desesperantemente temperamental para ser deseable y apasionante. Logró tender un puente perfecto y ruidoso, salvando la inmensa y aparente brecha cultural existente entre el exquisito y delicado arte de los diseñadores y carroceros de Módena (Italia) y la pura fuerza bruta, sencilla y proletaria de los bloques de hierro de Detroit (Estados Unidos).